¿A quién le abrimos la puerta?
El error no es que el otro no entienda; el error es asumir que la intimidad es un espacio público.
Por Rosely Rojas, M.Sc.
Nos han vendido la idea de que ser auténticos significa tener las puertas abiertas de par en par. Que si callamos algo, guardamos un matiz o nos reservamos una opinión, estamos siendo falsos o poniéndonos una máscara. Sin embargo, con el tiempo y con un poco de pragmatismo, uno descubre que la transparencia total no es autenticidad; a veces es solo exposición innecesaria.
Aprender a gestionar lo que compartimos no tiene nada que ver con los demás. No se trata de señalar si el otro es empático, si sabe escuchar o si tiene la capacidad de entender nuestro proceso. Eso le corresponde a cada quien. La decisión de cuánto mostramos pasa por una pregunta estrictamente personal: ¿por qué sentimos la necesidad de entregar todo nuestro mundo interno a la primera?
A todos nos ha pasado. Compartimos una idea, un proceso o una vulnerabilidad profunda esperando una resonancia que simplemente no llega. La reacción natural suele ser la frustración con el entorno, como si los demás tuvieran la obligación de ser el contenedor de nuestras vivencias. Pero la realidad es bastante más sencilla: no todo el mundo tiene que ver lo que nosotros vemos, ni a todo el mundo le interesa. Y eso está bien.
El error no es que el otro no entienda; el error es asumir que la intimidad es un espacio público.
Cuando uno empieza a asumir la custodia de su propia mente, el enfoque cambia. Entiendes que tu espacio interno es un lugar donde se cultiva la estabilidad y que decidir a quién le abres la puerta —y hasta qué habitación lo dejas pasar— es una preferencia individual. No es un castigo para el de afuera ni una medida defensiva por miedo a que nos dañen. Es, sencillamente, la libertad de elegir qué parte de nuestra historia le pertenece a cada espacio.
Reservarse cosas no es construir un muro. Es entender que no todas las conversaciones requieren nuestra historia completa y que hay vivencias que solo necesitan nuestra propia validación. Cuando dejamos de buscar que afuera procesen lo que nos pasa por dentro, nos ahorramos una enorme cantidad de desgaste innecesario.
Al final, la privacidad es una elección consciente. Tener el criterio para decidir qué se dice, a quién se le dice y cuándo es suficiente es quizás una de las formas más reales de autonomía. El acceso a nuestro mundo interno no tiene por qué ser una puerta abierta por defecto; es un espacio personal que se administra con madurez, sabiendo que la responsabilidad de cuidarlo siempre ha sido y seguirá siendo únicamente nuestra.
La autora es Psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
