ADOCEM reconoce a Mariano Briceño Yépez por 50 años de liderazgo e
A recibir el 2026
Por Leonor Asilis

A medida que el año llega a su fin, nos encontramos en un momento único de transición. Este tiempo nos invita no solo a celebrar el paso de un año a otro, sino también a entrar en un ejercicio profundo de reflexión, evaluación y establecimiento de nuevas intenciones. Si bien este viaje introspectivo puede realizarse en grupos, comunidades o familias, es esencial llevarlo a cabo primero de manera individual, en nosotros mismos.
Cuando cada persona se toma el tiempo para crecer y mejorar, también lo hacen la familia, el lugar de trabajo, la comunidad religiosa, el partido político e incluso una nación entera. El efecto dominó del desarrollo personal puede generar olas de cambio positivo que beneficien a quienes nos rodean.
Dispongámonos, entonces, a dedicar tiempo para estar a solas en reflexión.
No digamos que estamos demasiado ocupados; entendamos, de una vez por todas, que el tiempo es simplemente una cuestión de prioridades.
Alejémonos de las distracciones y del ruido de la vida cotidiana. En el silencio y la soledad, invitemos a este quehacer interior a Jesús, el camino, la verdad y la vida. Él nos guiará en este ejercicio reflexivo, iluminando tanto las alegrías como los desafíos que han marcado el año que ahora concluye.
Mientras reflexionamos, demos gracias por las buenas acciones realizadas y detengámonos a observar aquellas áreas en las que necesitamos mejorar. Este examen debe incluir también una evaluación honesta de lo que aún queda por hacer.
Existen varias dimensiones para explorar durante esta reflexión. La primera es la espiritual, que atraviesa todos los ámbitos de la vida: el familiar, el social, el profesional y el económico, entre otros. Cada persona puede valerse de herramientas como el análisis FODA (Fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Amenazas) para ordenar sus pensamientos y evaluaciones. La profundidad de este análisis es una decisión personal, según el tiempo y la apertura que estemos dispuestos a dedicarle.
La intención no es llenar formularios ni realizar evaluaciones mecánicas, sino aprovechar este momento propicio para entrar en un ejercicio sincero de introspección junto al Señor, nuestro aliado, que solo desea lo mejor para nuestras vidas.
Al presentarle a Dios el año 2025 que está por concluir, también ponemos en sus manos nuestras esperanzas y aspiraciones para el nuevo año que se acerca. Dediquemos nuestras vidas, las de nuestros seres queridos, nuestra patria y nuestro mundo a su presencia divina, para que la paz, la alegría y la plenitud espiritual reinen en nuestros corazones.
Para quienes así lo deseen, participar en la Eucaristía es una forma hermosa de marcar esta transición. El 31 de diciembre, cuando Jesucristo se hace particularmente presente, poder expresar gratitud por las bendiciones recibidas en 2025 y dar la bienvenida al 2026 pidiéndole que nos asista en el cumplimiento de la voluntad del Padre es profundamente conmovedor.
¡Que todos tengan un bienaventurado 2026!
