El arte de agradecer con el corazón completo
Agradecer no es ignorar el dolor; es tener la valentía de ver la luz sin negar la sombra.
Por Rosely Rojas, M. Sc.
El otro día, mientras me tomaba un café y miraba a través de la ventana, pensaba en lo mucho que amo la gratitud. Para mí no es solo un concepto bonito; es una postura ante la vida, un pilar de mi fe y una de las herramientas más profundas que trabajo en la consulta. Agradecer nos reconecta con lo valioso, nos llena el alma y nos da un propósito inmenso, aun en los días más grises.
Sin embargo, entre sorbo y sorbo, me quedé pensando en cómo, a veces, la malinterpretamos. Nos han hecho creer que, para ser agradecidos, hay que sonreír a la fuerza y fingir que nada nos duele, como si sentir tristeza o frustración fuera un pecado o una falta de fe. Y la verdad es que la mente no funciona así.
Desde la psicología clínica sabemos que la verdadera gratitud no requiere que anestesiemos lo que sentimos. Se vale decir, con toda honestidad: “Esto me duele, esto me pesa”, y, al mismo tiempo, sin tapar la herida, ser capaces de mirar alrededor, reconocer lo que Dios o la vida sostienen y valorar lo que permanece.
Agradecer no es ignorar el dolor; es tener la valentía de ver la luz sin negar la sombra.
Pero hay otra cara de la moneda que me inquieta bastante, y es cuando la ingratitud se instala en una persona como un estilo de vida.
Seguro te has cruzado con alguien así. Personas cuya mente queda atrapada en una narrativa fija de escasez. No importa cuánto la vida, la fe o los demás les entreguen; su mirada siempre se enfoca, de manera obsesiva, en lo único que faltó, en la falla o en el “pudiste haber hecho más”. Operan desde una rigidez en la que sienten que todo lo merecen y que nada nunca es suficiente.
Y aquí es donde las relaciones se vuelven delicadas: cuesta mucho confiar en alguien incapaz de agradecer. La ingratitud erosiona la lealtad. La lealtad en las relaciones requiere memoria emocional: la capacidad de recordar, honrar y sostener el valor de lo que alguien dio o hizo por ti, incluso cuando las circunstancias cambian.
Quien vive atrapado en la ingratitud no tiene memoria emocional, solo exigencias. En el momento en que dejas de cumplir sus expectativas, todo lo que construiste parece borrarse.
Por eso sigo defendiendo la gratitud a capa y espada. Porque no es una máscara para tapar la realidad, sino la capacidad madura de abrazar la vida completa, con lo dulce y lo amargo, y de honrar con lealtad a quienes caminan a nuestro lado.
La autora es psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo-conductual.
