El arte de mirar la luz
Ahí es donde la psicología y la fe se abrazan sin tropezar. Mientras la ciencia nos explica por qué nuestro cerebro tiende a buscar las amenazas, la Palabra de Dios nos invita a reeducar la atención.
Por Rosely Rojas
En una rutina que se mueve tan rápido y donde casi todo el mundo anda a la defensiva, es increíblemente fácil caer en el canal de la sospecha. ¿Te has fijado en cómo nos hemos vuelto expertos en el arte de pensar lo peor? “La gente ya no es buena”, “nadie es de confiar”, “tener buen corazón es cosa del pasado”. Construimos estas frases como escudos invisibles, convencidos de que, si anticipamos la decepción, el golpe nos va a doler menos.
Y ojo: no se trata de juzgarnos por pensar así. La psicología nos enseña que nuestro cerebro tiene algo llamado sesgo de negatividad. Es un mecanismo de protección totalmente natural, diseñado para mantenernos alerta y ayudarnos a sobrevivir en situaciones difíciles. El problema es cuando nos quedamos atrapados en el filtraje negativo: una distorsión donde la mente borra todo lo lindo que pasó en la semana y se queda únicamente con el trago amargo.
Es una forma válida de protegernos, sí, pero, cuando nos descuidamos, también nos aísla de la vida.
A mí me pasó hace muy poco. Venía de vivir semanas pesadas, de esas en las que el cansancio te hace dudar hasta del clima. Y, de repente, en medio de ese ruido interno, ocurrió algo que desarmó por completo mi escepticismo. Recibí dos detalles hermosos, de dos personas totalmente distintas. Y no hablo de regalos superficiales ni de cumplidos por salir del paso; hablo de gestos que les costaron tiempo, dinero, sacrificio y ganas.
Actos de personas que literalmente se desprendieron de lo suyo para darme algo valioso.
Eran respuestas a cosas que yo, en silencio, le había pedido a Dios. Ver a alguien desprenderse de su propio confort por ti no solo te alegra el día: te reconfigura la mirada. Te recuerda que la gente buena no desapareció, simplemente no anda haciendo el mismo ruido que los problemas.
Ahí es donde la psicología y la fe se abrazan sin tropezar. Mientras la ciencia nos explica por qué nuestro cerebro tiende a buscar las amenazas, la Palabra de Dios nos invita a reeducar la atención. En Filipenses 4:8 no se nos pide que ignoremos el dolor ni que caigamos en un positivismo tóxico, porque las etapas difíciles duelen y son reales, sino que hagamos un esfuerzo consciente por enfocar la mente en lo verdadero, lo puro, lo amable y lo de buen nombre.
Dios no nos pide que pretendamos que el desierto no existe, pero sí que abramos los ojos para ver las flores que nacen en Él. Esos detalles costosos y llenos de amor no son casualidades; son el reflejo de corazones que tienen a Dios dentro y que deciden reflejarlo hacia afuera.
Tal vez la vida moderna nos empuje todo el tiempo a andar paranoicos, pero la fe nos invita a la gratitud y a la presencia. Tal vez el reto no sea cambiar el mundo de un día para otro, sino limpiar el lente con el que miramos nuestro propio día a día. Notar que, aun en los meses más complejos, hay regalos gigantes esperándonos en los detalles más pequeños.
¿Y si hoy soltamos un poquito el escudo y nos permitimos volver a confiar? Quizás nos demos cuenta de que la gente buena no era cosa del pasado; solo necesitábamos cambiar el filtro para volver a verla.
La autora es psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
