Puerto Plata y Santiago bajo aviso meteorológico; otras 16 demarcaciones en alerta
El valor de reconocer nuestros límites
Por Rosely Rojas
Hay días en que la hoja en blanco no es solo un espacio vacío: es un espejo implacable que cuestiona tu capacidad. En mi dinámica de escritura para esta columna, conozco bien ambas caras de la moneda: hay temporadas en las que los temas brotan con una fluidez casi abrumadora y otras en las que me encuentro atrapada en ese incómodo bache que llamamos «bloqueo creativo».
Hace apenas unas horas, en medio de uno de esos momentos de sequía, decidí buscar refugio en la voz de una gran amiga.
-¡Wow, amiga! La verdad es que no sé de qué hablar hoy -le confesé por teléfono-. Tengo esos bloqueos que a uno le dan. Hay tiempos en los que se me ocurren muchísimas cosas y otros en los que, de verdad, no me sale nada.
Como ambas somos psicólogas y terapeutas -aunque caminamos en especialidades distintas-, la conversación rápidamente tomó un matiz más íntimo. Ella, con esa serenidad que inspira, me dijo:
-Habla de la humildad del profesional. De saber cuándo referir, de entender que necesitamos acompañarnos y que la labor se hace en equipo.
Al preguntarle de dónde nacía una reflexión tan puntual, me confesó algo profundo: «Bueno, fue un trato del Señor para conmigo». Esa respuesta me hizo reflexionar sobre cómo opera nuestra mente. En el mundo profesional, referir un caso suele provocar un temor silencioso, pero punzante.
Nos acecha la idea de que derivar a alguien equivale a admitir que no somos lo suficientemente capaces, que no supimos manejar la situación o que el caso «nos quedó grande».
Pero ¿no es eso una trampa del ego? La verdadera humildad no nace de la deficiencia, sino de un nivel muy alto de seguridad personal. Se requiere una firme certeza interna para reconocer dónde terminan nuestras fronteras y dónde empieza la destreza del otro.
Cuando un profesional decide abrazar la humildad y referir, no solo le ofrece al paciente la máxima calidad de atención que merece, sino que también le envía un mensaje poderoso al colega: «Valoro quién eres y reconozco tu talento».
Es un acto de liberación admitir que no lo vamos a saber todo, que no siempre podremos con cada proceso y que no estamos llamados a resolverlo todo en soledad. Qué hermoso es tener la libertad de mirar a una amiga a la que admiras y decirle, con el corazón en la mano: «Eres genial dando terapia; tienes una gracia de Dios para esto».
Al final, como terapeutas y seres humanos, siempre nos identificaremos más con unas herramientas que con otras, y es justamente en esa diversidad donde descubrimos que la verdadera grandeza no está en acumular respuestas ni en sostener el control, sino en saber acompañarnos desde la honestidad de quienes somos.
La autora es psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
