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Entre el ruido de la bienal y la razón poética de Maruja Mallo
Por Juan José Mesa
Hoy, 31 de octubre, entre la luz de las Catrinas y el recogimiento de la víspera de los difuntos, visité la magnífica exposición “Maruja Mallo: Máscara y compás” en el Museo Reina Sofía. Frente a mí, uno de esos lienzos que suspenden el tiempo y nos devuelven a la esencia del arte como pensamiento.
Mallo (Viveiro, 1902 – Madrid, 1995) fue una mujer que rompió moldes: una mente lúcida que vivió entre el fuego de la modernidad y las sombras del exilio. Su obra tendió puentes entre lo popular y lo vanguardista, entre el rigor geométrico y la intuición poética. En ella, lo femenino se hizo cosmos, sin renunciar a la inteligencia ni a la rebeldía.
Contemplar sus cuadros es mirar la historia desde otro ángulo: el de una creadora que, mientras Europa se derrumbaba, levantaba un discurso visual de libertad y armonía entre naturaleza, ciencia y espíritu. En su exilio americano —donde coincidieron tantos artistas republicanos, entre ellos Gausachs, Granell y Vela Zanetti—, encontró nuevas luces, nuevos rostros y nuevas formas de esperanza.
En esta muestra, el tiempo se ordena por series, como si la vida misma hubiese sido su mayor obra. Cada etapa late con la energía de quien nunca renunció a ser fiel a sí misma. En sus composiciones, la muerte y la vida se abrazan, el caos se vuelve arquitectura y la belleza se ofrece como promesa de reconciliación.
Una exposición para pensar el arte no solo como estética, sino como acto de fe en el ser humano.
Si estás por Madrid, no te la puedes perder.
