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Ese peso sordo que no hace ruido
Seguir adelante no significa ignorar el peso, sino aprender a mirar de frente lo que nos falta por ordenar adentro.
Por Rosely Rojas
A primera vista, todo parece estar en su lugar. La agenda marcha bien, el trabajo responde, los compromisos cotidianos se van tachando con cierto orden y, si alguien preguntara desde afuera, no habría motivos para quejarse. No hay una crisis visible, ni una tragedia reciente, ni un evento dramático que justifique una lágrima. Y, sin embargo, muy dentro, persiste una grieta. Una especie de vacío existencial que no se llena con agendas llenas ni con logros completados.
A veces nos han vendido la idea de que el malestar emocional siempre viene acompañado de portazos, llantos descontrolados o la incapacidad absoluta de levantarse de la cama. Pero existe otra versión mucho más silenciosa y, para muchos, profundamente incómoda: esa sensación constante de que la vida transcurre con el volumen bajito, donde nada duele demasiado, pero tampoco nada alegra con ganas. En términos clínicos, esto guarda una enorme similitud con la distimia, un estado depresivo persistente que no paraliza del todo, pero que arrastra una pesadez constante durante meses o años.
El gran problema de este malestar es su invisibilidad. Quien lo experimenta sigue funcionando: va a trabajar, responde mensajes, sonríe en las reuniones familiares y cumple con lo que le toca. Pero por dentro carga con un agotamiento continuo. Es la paradoja de «tenerlo todo» según el estándar externo y, aun así, sentir que falta el sentido. Como no hay una razón tangible para sentirse mal, suele aparecer la culpa. Nos recriminamos no estar agradecidos o no disfrutar lo que con tanto esfuerzo se ha construido.
Entender la estructura humana nos recuerda que no fuimos diseñados únicamente para la producción o el cumplimiento de metas externas. Fuimos creados para el propósito, la conexión profunda y la verdad interna. Cuando nuestras acciones diarias se desconectan de aquello que le da trascendencia a la existencia, la psique lo detecta y lo manifiesta como anestesia emocional. El vacío no es necesariamente un signo de que todo esté mal, sino una señal de alarma que avisa que estamos viviendo en automático, desconectados de lo que realmente sostiene la vida.
Cargar con esta tristeza silente agota más de lo que parece porque requiere un doble esfuerzo: sostener el día a día y, al mismo tiempo, disimular que nada pesa. No se trata de resignarse a «ser así» ni de exigirnos una positividad falsa para encajar. El primer paso para desarmar este vacío es dejar de invalidarlo solo porque desde afuera no se ve. Reconocer que la vida no se mide solo por la ausencia de problemas, sino por la presencia de sentido.
Seguir adelante no significa ignorar el peso, sino aprender a mirar de frente lo que nos falta por ordenar adentro. A veces, la mayor valentía cotidiana consiste en admitir que algo nos pesa, dejar de pedirnos cuentas por sentirlo y buscar, con paciencia y verdad, los cimientos reales que le devuelven el color a lo ordinario.
La autora es psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
