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¿Fe o terapia? El falso divorcio de la salud mental
Por Rosely Rojas
No pude evitar preguntarme: ¿por qué nos empeñamos en divorciar la fe de la salud emocional?
En una sociedad obsesionada con los diagnósticos, parece existir una regla no escrita que dicta que debemos elegir un bando. Si entras al consultorio psicológico, algunos asumen que estás dejando tu fe en la sala de espera. Si entras a la iglesia, otros sugieren que la oración debería ser tu único tratamiento.
Como psicóloga clínica y mujer de fe, me he topado con este muro invisible más veces de las que me gustaría admitir. Existe el mito arraigado de que la ciencia del comportamiento y la vida espiritual se repelen, cuando en realidad operan en dimensiones distintas que se complementan de forma perfecta. Por encima de todo mi marco conceptual está mi fe en Dios; es mi brújula y mi manual de vida. He aprendido que, cuando una persona cultiva una relación real con el Señor, la gestión emocional cambia drásticamente.
Hay una estructura de esperanza, un propósito y una paz que la teoría cognitiva, por sí sola, no puede fabricar. Pero tener fe no te hace inmune a la química de tu cerebro. Y hay algo que no podemos ignorar: la espiritualidad no anula la biología.
Por supuesto, creo firmemente en el poder de Dios y en que los milagros existen. He visto y sé de personas que han sido sanadas milagrosamente de una depresión clínica severa o de otros trastornos, de la misma manera en que personas han sido sanadas sobrenaturalmente de un cáncer terminal. Dios sana, punto. Él sigue siendo soberano. Sin embargo, que una persona reciba un milagro de sanidad no significa que el resto de los pacientes deba abandonar sus tratamientos. Quien padece cáncer no deja de ir a la clínica ni suspende su tratamiento médico simplemente porque otro fue sano por un milagro; sigue yendo al oncólogo de manera responsable mientras mantiene intactas su fe y su esperanza.
Lo mismo aplica para la mente. Cuando hay un componente neuropsicológico, clínico o patológico instalado, buscar ayuda profesional no es falta de fe, es coherencia. Nos da pánico admitir que el dolor emocional necesita un especialista. La psicología y la psiquiatría no compiten con Dios; son herramientas de Su gracia común. Así como Él capacitó al médico para intervenir en la salud física, diseñó y permitió la ciencia médica para la salud emocional.
Ir a terapia, tomar un psicofármaco regulador o iniciar un proceso psicoterapéutico basado en evidencia científica te ofrece las estrategias conductuales y la autorregulación necesarias. La fe, por su parte, te da el fundamento, la identidad y el sentido. Una no estorba a la otra. El peligro radica en la negligencia: pretender sanar un trastorno clínico severo únicamente con voluntarismo, ignorando que somos seres integrales creados con cuerpo, mente y espíritu.
Al final del día, la verdadera salud mental no consiste en esconder los síntomas detrás de una fachada de madurez espiritual. Consiste en saber cuándo arrodillarse a orar y cuándo sentarse en el consultorio a trabajar.
Dios sigue siendo el sanador y, a veces, Su respuesta a nuestra oración viene vestida con la bata de un profesional de la salud mental. No hay contradicción en buscar al Creador para que guíe el proceso, mientras un terapeuta te ayuda a ordenar las piezas que se han roto en el camino.
La autora es psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
