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Hay vínculos que cambian de lugar
«Eso no necesariamente convierte la relación en un fracaso. A veces simplemente significa que la vida cambió».
Por Rosely Rojas
Hay personas que llegan a nuestra vida como si tuvieran un boleto para un viaje largo. Se sientan a nuestro lado, conversamos durante kilómetros y compartimos paisajes que quizá nunca volvamos a mirar de la misma manera. Algunas, eventualmente, se bajan. Otras continúan el viaje. Y hay unas cuantas que no se van a ninguna parte: simplemente cambian de asiento.
Creo que esta última parte es de las más difíciles de aceptar. Porque hay relaciones que no terminan. No hay una gran pelea, una despedida dramática ni una puerta que se cierra para siempre. Simplemente dejan de ser lo que eran. Hay cariño, hay respeto, incluso puede haber buenos momentos, pero ya no existe la misma confianza, la misma intimidad o la misma cercanía. Y eso también es parte de la vida.
Durante mucho tiempo hemos aprendido a pensar las relaciones en términos muy absolutos: o somos cercanos o ya no somos nada; o alguien forma parte de nuestra vida como antes o tenemos que sacarlo completamente de ella. Pero quizá existe un punto intermedio mucho más sano: reconocer que algunas personas pueden seguir en nuestro camino sin tener que ocupar el mismo asiento.
Porque la cercanía también implica acceso. Acceso a nuestros pensamientos, a nuestras vulnerabilidades, a nuestros procesos, a esa parte de nosotros que no compartimos con cualquiera. Y cuando una relación ha dejado heridas, aunque haya existido un proceso de perdón y sanidad, eso no significa necesariamente que debamos devolverle el mismo nivel de acceso que tuvo antes.
Podemos perdonar y mantener un límite, querer a alguien y mantener cierta distancia, alegrarnos por su vida sin necesitar volver a formar parte de ella de la misma manera.
Quizá porque crecer también significa entender que no todas las personas que nos acompañan necesitan caminar exactamente a nuestro lado.
Las personas cambian. Nosotros también. Cambian nuestras prioridades, nuestros valores, nuestras necesidades y nuestra manera de entender lo que queremos construir. Y a veces descubrimos que alguien con quien antes compartíamos el mismo asiento ahora está mirando hacia otra ventana.
Eso no necesariamente convierte la relación en un fracaso. A veces simplemente significa que la vida cambió.
Por eso me parece tan importante aprender a distinguir entre lo que sentimos y lo que elegimos. Podemos sentir cariño y aun así reconocer que necesitamos un límite. Podemos sentir nostalgia y aun así saber que no queremos volver al mismo lugar. Podemos disfrutar de la compañía de una persona y, al mismo tiempo, entender que no todo vínculo agradable es necesariamente un vínculo que debemos profundizar.
En terapia de aceptación y compromiso hablamos mucho de los valores: aquello que realmente importa y que queremos que oriente nuestras decisiones. Y creo que esa idea también puede ayudarnos a mirar nuestras relaciones con mayor claridad.
No solamente preguntarnos quién nos cae bien, quién nos hace sentir bien o con quién nos divertimos, sino también: ¿qué lugar ocupa esta relación en la vida que estoy construyendo? ¿Esta cercanía es coherente con mis valores? ¿Puedo ser yo misma aquí? ¿Existe confianza? ¿Existe respeto? ¿Existe una dirección que tenga sentido para ambos?
Porque no todo lo que se siente bonito necesita convertirse en algo más cercano. Y no todo lo que alguna vez fue cercano tiene que seguir siéndolo.
Tal vez madurar también consiste en aprender a cambiar de asiento sin convertir el viaje en una guerra.
Hay personas que se bajarán. Hay personas que seguirán con nosotros. Y hay otras que continuarán en el mismo tren, pero desde otro lugar.
Y quizá eso también es una forma de querer: aceptar que no todos tienen que estar cerca para que podamos desearles un buen viaje.
La autora es psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
