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Inflamación: la palabra de moda en bienestar que no siempre entendemos correctamente
Por Aileen Khoury
Fitness con Aileen
“Eso te inflama”.
“Tienes el cuerpo inflamado”.
“Deja ese alimento porque produce inflamación”.
“Necesitas una dieta antiinflamatoria”.
La inflamación se ha convertido en una de las palabras favoritas del mundo del bienestar. Parece explicar desde el cansancio y el aumento de peso hasta la barriga, los dolores o los problemas digestivos.
Pero hay un problema: estamos llamando “inflamación” a demasiadas cosas que no necesariamente lo son.
Sentirte hinchada después de comer no significa automáticamente que tengas inflamación crónica. Tener gases, retener líquidos o aumentar de peso tampoco.
Entonces, ¿qué significa realmente estar inflamado?
La inflamación no es el enemigo
La inflamación es una respuesta normal y necesaria de nuestro sistema inmunitario.
Cuando sufrimos una lesión o combatimos una infección, nuestro organismo activa mecanismos inflamatorios para protegernos y reparar tejidos. Esa inflamación aguda aparece, cumple su función y posteriormente debería resolverse.
El problema surge cuando determinadas respuestas inflamatorias persisten durante demasiado tiempo.
La llamada inflamación crónica de bajo grado se ha relacionado con enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y otras enfermedades crónicas.
Pero que participe en muchas enfermedades no significa que podamos atribuirle cualquier síntoma cotidiano.
“Me siento inflamada” puede significar muchas cosas
Cuando alguien dice “todo lo que como me inflama”, podría estar describiendo distensión abdominal, gases, retención de líquidos o algún problema digestivo.
No son necesariamente lo mismo que inflamación sistémica.
Y confundirlos puede llevarnos a eliminar alimentos innecesariamente o intentar solucionar mediante dietas y suplementos algo cuya causa ni siquiera conocemos.
Una sensación no siempre nos dice qué proceso fisiológico está ocurriendo detrás.
¿Existen realmente alimentos “inflamatorios”?
En redes abundan las listas de alimentos que supuestamente debemos eliminar y otros que prometen “desinflamar” el organismo.
La realidad es bastante menos espectacular.
Nuestra alimentación sí influye en nuestra salud, pero el patrón completo importa mucho más que demonizar o glorificar un alimento aislado.
La evidencia favorece patrones alimentarios ricos en vegetales, frutas, legumbres, granos integrales, frutos secos y grasas insaturadas, como ocurre con la alimentación mediterránea.
¿Cúrcuma, jengibre, frutos rojos, aceite de oliva o té verde pueden formar parte de una excelente alimentación? Claro.
Pero ningún alimento compensa por sí solo una dieta de mala calidad, falta de sueño, sedentarismo o un estilo de vida poco saludable.
Lo mismo ocurre con el azúcar: consumir grandes cantidades de azúcares añadidos y ultraprocesados dentro de una alimentación de baja calidad puede contribuir a problemas metabólicos, pero eso es muy diferente de afirmar que cada vez que comes algo dulce tu cuerpo entra automáticamente en un peligroso estado inflamatorio.
El contexto, la cantidad y la frecuencia también importan.
El ejercicio puede producir inflamación… y eso no lo hace malo
Esta es una de las paradojas más interesantes.
Después de un entrenamiento intenso pueden producirse respuestas inflamatorias transitorias relacionadas con el estrés y la reparación de los tejidos.
¿Significa eso que hacer ejercicio es inflamatorio y debemos evitarlo?
Todo lo contrario.
El organismo responde al entrenamiento, se recupera y se adapta. Y la actividad física regular puede contribuir a mejorar diferentes marcadores relacionados con la inflamación crónica.
Esto demuestra algo fundamental:
no toda inflamación es mala y no toda inflamación necesita ser eliminada.
La inflamación tampoco empieza y termina en el plato
Sueño, estrés, actividad física, composición corporal, tabaquismo, consumo de alcohol y salud metabólica también forman parte del panorama.
Por eso podemos estar buscando desesperadamente qué alimento “nos inflama” mientras ignoramos factores mucho más importantes de nuestro estilo de vida.
Incluso cuando existen marcadores como la proteína C reactiva (PCR), utilizada para detectar procesos inflamatorios, un resultado elevado no identifica por sí solo la causa. Debe interpretarse dentro del contexto clínico.
Entonces, ¿qué podemos hacer?
Probablemente la respuesta sea menos atractiva que un detox de siete días, pero mucho más útil:
Mantener una alimentación variada basada mayoritariamente en alimentos nutritivos y mínimamente procesados.
Entrenar fuerza y realizar actividad cardiovascular.
Moverse durante el día.
Dormir adecuadamente.
Cuidar la composición corporal y la salud metabólica.
Gestionar el estrés.
No fumar y moderar el alcohol.
Y ante síntomas persistentes, buscar evaluación profesional en lugar de autodiagnosticarnos como “inflamados”.
Quizás la pregunta está equivocada
La industria del bienestar nos ha acostumbrado a buscar productos para “desintoxicarnos”, “acelerar el metabolismo” o “desinflamar el cuerpo”.
Pero quizás, en lugar de preguntarnos:
“¿Qué puedo tomar para desinflamarme?”
deberíamos preguntarnos:
“¿Qué estoy haciendo diariamente para favorecer mi salud?”
Porque el bienestar rara vez depende de un alimento milagroso o de eliminar un ingrediente.
Lo que hacemos ocasionalmente importa. Lo que repetimos importa mucho más.
Entender la inflamación significa dejar de temerle a la palabra, dejar de utilizarla para explicar cualquier malestar y comenzar a cuidar el conjunto de hábitos que ayudan a nuestro organismo a hacer algo que sabe hacer extraordinariamente bien:
protegernos, repararnos y recuperar el balance.
