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¿La gente cambia?
Pero ¿y si la pregunta no fuera por qué esa persona no ha cambiado, sino por qué nosotros seguimos intentando conseguir un cambio que no depende de nosotros?
Rosely Rojas
Hay frases que repetimos tanto que terminamos aceptándolas como verdades absolutas. «La gente no cambia» es una de ellas. La escuchamos en conversaciones, después de una decepción, cuando alguien vuelve a cometer el mismo error o cuando una persona que queremos no se convierte en quien esperábamos. Y, sin darnos cuenta, comenzamos a vivir desde esa idea. Pero ¿alguna vez nos hemos detenido a pensar si realmente creemos que nadie cambia o si simplemente estamos cansados de esperar que alguien cambie por nosotros?
Como terapeuta, necesito creer en la capacidad del ser humano para cambiar. No porque piense que todo el mundo lo hará, ni porque ignore que existen patrones que pueden mantenerse durante años, sino porque conozco el valor de reconocer que podemos aprender, desarrollar nuevas habilidades, cuestionar nuestras creencias y elegir maneras distintas de relacionarnos con la vida. Si dejara de creer en esa posibilidad, ¿qué sentido tendría acompañar a alguien en su proceso de transformación?
Además, seamos honestos: nadie es exactamente la misma persona que era hace cinco años. Si me conociste entonces, quizás hoy tengas que conocerme de nuevo. Hay una esencia, una historia y ciertos rasgos que forman parte de nosotros, pero también hay experiencias que nos confrontan, decisiones que nos enseñan y etapas que nos obligan a mirar la vida desde otra perspectiva. Cambiar no significa dejar de ser quien eres; a veces significa aprender a serlo de una manera más consciente.
Ahora bien, creo que el problema comienza cuando confundimos creer en el cambio con asumir la responsabilidad de producirlo en los demás. Queremos que nuestra pareja cambie, que nuestros padres entiendan, que nuestros amigos reaccionen, que aquella persona reconozca sus errores. Explicamos, insistimos, esperamos y volvemos a intentarlo. Y, cuando nada sucede, terminamos diciendo: «La gente no cambia».
Pero ¿y si la pregunta no fuera por qué esa persona no ha cambiado, sino por qué nosotros seguimos intentando conseguir un cambio que no depende de nosotros?
Hay algo profundamente humano en querer tener razón, incluso cuando el precio es nuestro propio agotamiento. A veces, el ego también se esconde detrás de nuestras buenas intenciones. Nos cuesta aceptar que, aunque hayamos hecho todo lo que considerábamos correcto, no tenemos el poder de decidir cuándo alguien estará dispuesto a transformarse. Nos duele que nuestros esfuerzos no produzcan el resultado esperado y podemos llegar a interpretar esa falta de cambio como un fracaso personal.
Sin embargo, nadie tiene que cambiar para demostrarnos que teníamos razón, ni nosotros tenemos que conseguirlo para demostrar cuánto amamos a alguien. El cambio más sólido no nace de la presión constante, del miedo a perder una relación o de la necesidad de complacer a otra persona. Nace cuando algo hace clic por dentro, cuando reconocemos que nuestra manera de vivir ya no es compatible con la persona que queremos llegar a ser y decidimos actuar en consecuencia. Eso no significa que la motivación externa nunca ayude; significa que la transformación necesita convertirse en una decisión propia para sostenerse.
Y aquí es donde mi fe también tiene algo que decirme. Creo en el poder transformador del Espíritu Santo. Creo en un Dios que restaura, confronta, renueva y hace nuevas todas las cosas. La Escritura nos habla de una nueva creación en Cristo (2 Corintios 5:17), y esa promesa me recuerda que nuestro pasado no tiene por qué definir para siempre nuestro futuro. Pero también entiendo que Dios no nos llama a una relación basada en la imposición. Nos invita a acercarnos, a rendirnos y a permitir que Él transforme nuestro corazón.
La gracia de Dios no elimina nuestra responsabilidad; nos conduce a reconocerla. Y acercarnos a Él no consiste solamente en querer que cambien nuestras circunstancias o las personas que nos rodean. También implica estar dispuestos a que Él trabaje en nosotros, incluso en esas áreas que preferiríamos no mirar.
Quizás por eso hoy pienso que necesitamos hablar menos de que la gente no cambia y aprender a distinguir entre lo que podemos acompañar y lo que no podemos controlar. Podemos amar sin obligar, poner límites sin desearle mal a nadie y dejar espacio para que otros tomen sus propias decisiones. Podemos reconocer el potencial de una persona sin convertirnos en responsables de su proceso.
Porque sí, la gente puede cambiar. Pero no siempre cuando queremos, no siempre como esperamos y no necesariamente porque nosotros estemos ahí para verlo. Y aceptar eso también es madurar.
Al final, quizá la pregunta más importante no sea si los demás pueden cambiar. Quizás sea esta: mientras esperamos que alguien más se transforme, ¿qué estamos haciendo nosotros con la oportunidad de cambiar también?
