¿Por qué la disciplina es admirable hasta que es para Dios?
Por Rosely Rojas, M.Sc.
Me quedé pensando en el último partido de fútbol. El estadio rugía, miles de personas vestían la misma camiseta, lloraban por un gol y gastaban sus ahorros en un boleto. Nadie los miraba raro; al contrario, la sociedad aplaudía esa “pasión”. Si eres fanático de Messi, de Cristiano Ronaldo, del gimnasio o de un artista, el mundo lo valida. De hecho, te lo facilita: tus amigos saben exactamente qué regalarte en tu cumpleaños y celebran tu obsesión.
El otro día, conversando con una amiga, comentábamos cómo los runners se han convertido en la nueva élite de la autodisciplina. Alguien decide correr un maratón y, de repente, su vida entera cambia: deja el alcohol, se acuesta a las nueve de la noche, cuida su alimentación y mide cada caloría. ¿La reacción del entorno? “¡Wow, qué nivel de compromiso, cuánta disciplina!”. Se convierte en un ejemplo de fuerza de voluntad.
Sin embargo, existe una línea invisible en la coherencia humana que, cuando se cruza, activa todas las alarmas del juicio ajeno.
¿Qué pasa cuando esa misma radicalidad, esa misma entrega y ese mismo cambio de hábitos no son por un cronómetro o un club deportivo, sino por Aquel que nos dio la vida? Ahí la narrativa cambia drásticamente. Cuando decides amar a Dios sobre todas las cosas, cumpliendo el primero y más importante de los mandamientos, la “pasión respetable” termina siendo etiquetada como fanatismo.
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.”
— Mateo 22:37
Si dejas ciertos ambientes, si abandonas viejos hábitos que dañaban tu integridad para seguir a Cristo, ya no eres disciplinado; eres el aburrido de la fiesta o, peor aún, objeto de burlas. Vivimos en una incoherencia cultural donde obsesionarse con la cerveza, el vino o con actividades que pueden destruir el diseño original del ser humano es visto como “disfrutar de la vida”, mientras que entregarse por completo al Creador llega a considerarse algo peligroso.
Lo más irónico no es la crítica del mundo secular, sino la que proviene de quienes afirman tener una buena relación con Dios. Escuchamos expresiones como: “Yo estoy bien con Dios”, pero desde una distancia cómoda que no incomode sus agendas. Para muchos, Dios es aceptable como un accesorio de domingo, un amuleto para las emergencias o un concepto abstracto. Sin embargo, cuando ven a alguien que toma la Biblia en serio y pone a Cristo en el centro de sus decisiones, de sus finanzas y de su tiempo, se sienten confrontados.
Espiritualmente, esto tiene sentido. La naturaleza humana rechaza la soberanía de Dios porque prefiere sus propios ídolos, aunque esos ídolos se llamen deporte, estética o aprobación social. El mundo tolera cualquier dios, siempre que no sea el Dios vivo. Tolera cualquier devoción, siempre que no exija santidad.
Tenemos que revisar urgentemente nuestra coherencia. Si llamamos “disciplina” a lo que beneficia al cuerpo temporal, pero llamamos “fanatismo” a lo que salva y transforma el alma eterna, nuestros valores están completamente invertidos.
No es fanatismo; es amor en su máxima expresión. Y, al igual que el corredor no mira atrás cuando persigue la meta, quien ha conocido la gracia de Cristo no puede conformarse con vivir a medias.
Al final del día, prefiero que me llamen “fanática” por seguir al Rey de reyes que ser aplaudida por correr detrás de cosas que, tarde o temprano, se desvanecerán.
I couldn’t help but wonder: ¿A qué le estamos permitiendo gobernar nuestro centro?
