Ada Guzmán entrega oficialmente la plancha “CIPESA Somos Todos”
Si me conociste hace un tiempo, ya no me conoces
Pretender que una persona permanezca anclada al error de su pasado es negar la capacidad humana de madurar, de sanar y de aprender.
Por Rosely Rojas
Vivimos con la extraña ilusión de que el tiempo solo transcurre en los relojes y no en las personas. Nos cruzamos por la calle con alguien a quien no vemos desde hace tres o cinco años, intercambiamos el típico saludo formal y, de inmediato, nuestro cerebro activa un archivo antiguo: esa versión de la persona que se equivocó, la que reaccionó mal en una discusión, la que tomó una decisión impulsiva o la que nos dejó una conversación amarga en la boca.
Es un mecanismo casi automático. Preferimos quedarnos con la fotografía fija antes que aceptar que la película siguió rodando. Y seamos honestos: conservar esa imagen congelada nos conviene. Mantener a alguien atrapado en su peor momento nos da una sensación de superioridad moral, un escudo defensivo que nos dice «yo tenía razón» o «yo soy mejor que eso». Guardar la etiqueta es cómodo, nos evita el trabajo de volver a acercarnos y nos protege de la incertidumbre. Pero también es una de las mayores injusticias que cometemos a diario.
Como terapeuta, paso mis días siendo testigo directo de transformaciones que muchos considerarían imposibles. He visto a personas con hábitos arraigados durante décadas cambiar su forma de responder ante la vida, desmantelar patrones destructivos y reconstruirse desde las ruinas. Si de algo estoy convencida es de que la gente cambia. No por presión social ni porque alguien desde afuera les haya exigido una metamorfosis.
Nadie tiene el poder de cambiar a otro, por más que se empeñe, sino que el cambio ocurre cuando se produce esa decisión íntima y profunda donde interviene algo mucho mayor. Yo creo firmemente que solo Dios puede tomar una historia rota, borrar la pizarra y hacer todo totalmente nuevo desde cero.
Sin embargo, aunque ese milagro cotidiano ocurre a nuestro alrededor, el entorno suele reaccionar con escepticismo. La sociedad es un juez rígido que prefiere dictar sentencia perpetua antes que revisar el expediente. Exigimos perfección en el otro para mantener viva la etiqueta que le pusimos, olvidando conveniente y rápidamente que nosotros tampoco somos los mismos de hace un par de años. Todos hemos tenido etapas oscuras, reacciones de las que no nos sentimos orgullosos y momentos en los que fuimos la versión más inmadura de nosotros mismos.
Pretender que una persona permanezca anclada al error de su pasado es negar la capacidad humana de madurar, de sanar y de aprender. La evolución no es un privilegio exclusivo; es un proceso natural. Crecemos, cambiamos de perspectiva, desarrollamos nuevas herramientas emocionales y reescribimos los límites de lo que permitimos en nuestra vida.
Por eso, si la última vez que trataste conmigo fue durante una tormenta, no asumas que sigo viviendo bajo la lluvia. Si me conociste ayer, hoy ya tienes que volver a preguntarme quién soy. Reducir a alguien a su antigua versión habla más de nuestra propia incapacidad para perdonar y soltar que del presente de esa persona.
Es hora de bajar el mazo de jueces y empezar a mirar con mayor humildad. La vida es demasiado dinámica como para andar archivando seres humanos en cajones definitivos. Todos, sin excepción, merecemos el beneficio de la duda y la oportunidad de ser conocidos otra vez.
La autora es Psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
