Fundación Vida Sin Violencia celebra su IX Desayuno por la Paz con
¿Y si decepcionarnos no fuera necesariamente algo malo?
Y quizás esa sea una de las cosas más adultas que podemos aprender: no negar lo que sentimos, pero tampoco convertir automáticamente lo que sentimos en una verdad.
Por Rosely Rojas
Hay algo que he estado pensando últimamente, y es que quizás tenemos demasiado miedo a decepcionarnos. Hacemos de todo para evitarlo. Bajamos las expectativas, justificamos comportamientos, damos segundas, terceras y hasta quintas oportunidades; intentamos entender al otro, buscamos explicaciones y, cuando algo no nos cuadra, muchas veces preferimos pensar que estamos exagerando antes que aceptar que, quizás, estamos viendo algo que no queríamos ver.
Y yo me pregunto: ¿y si decepcionarnos no fuera necesariamente algo malo? La decepción es una experiencia emocional compleja que aparece, entre otras cosas, cuando la realidad no coincide con lo que esperábamos. No es una emoción básica como el miedo, la tristeza, la alegría, el enojo o el asco. Es más bien una experiencia que se construye a partir de nuestras expectativas y de lo que finalmente ocurre. Y esto me parece interesante porque, aunque normalmente hablamos de la decepción como algo negativo, también puede tener una función: mostrarnos que existe una diferencia entre lo que pensábamos y lo que realmente está pasando.
Y aquí es donde me acordé del asco. Suena rarísimo, lo sé. Pero el asco tiene una función protectora muy interesante: nos ayuda a alejarnos de aquello que puede resultar perjudicial. Un alimento podrido, una sustancia contaminada, algo que nuestro organismo identifica como potencialmente peligroso. El cuerpo no necesita esperar a que te enfermes para decirte: “No te comas eso”. Hay algo que te hace retroceder.
La decepción no funciona exactamente igual, pero me parece interesante pensar en ella desde esa perspectiva. Hay situaciones en las que algo ocurre y, de repente, ya no puedes relacionarte con eso de la misma manera. No necesariamente porque la otra persona sea mala o porque todo lo que ocurrió haya sido terrible, sino porque acabas de recibir información que cambia tu manera de mirar la situación.
Y eso es importante. Porque una cosa es estar molesta con alguien y otra muy distinta es decepcionarte de alguien. Puedes estar enojada y seguir ahí. Puedes frustrarte y seguir intentando. Puedes sentirte incómoda y pensar que mañana será diferente. Pero hay decepciones que producen un cambio interno. Es como si algo dentro de ti dijera: “Ahora entiendo. Esto no era como yo pensaba”.
Y quizás ahí aparece una intolerancia que no necesariamente es mala. No hablo de volverte intolerante con las personas ni de cortar relaciones cada vez que algo no sale como quieres. Hablo de esa capacidad de decir: “Esto ya no quiero seguir permitiéndolo de la misma manera”.
Porque los límites también necesitan información. Ahora bien, aquí tenemos que tener cuidado, porque sentir decepción no significa automáticamente que nuestra interpretación sea verdadera. Y esta parte me parece fundamental. Podemos sentirnos rechazados sin que realmente nos hayan rechazado. Podemos interpretar una actitud como desprecio cuando quizás había otra explicación. Podemos asumir una intención que la otra persona nunca tuvo. Nuestra mente también puede intentar protegernos y, en ese intento, completar los espacios en blanco con historias que no necesariamente son ciertas.
Por eso, cuando me decepciono, también tengo que preguntarme: ¿qué pasó realmente? ¿Qué es un hecho y qué es una interpretación? ¿Qué sé y qué estoy suponiendo? Porque no es lo mismo que algo haya ocurrido que haber construido una historia alrededor de lo ocurrido.
Y quizás esa sea una de las cosas más adultas que podemos aprender: no negar lo que sentimos, pero tampoco convertir automáticamente lo que sentimos en una verdad.
A veces la decepción va a confirmar algo que necesitábamos ver. Otras veces va a mostrarnos que teníamos una expectativa poco realista. A veces nos va a pedir distancia. Otras veces nos va a pedir una conversación. Y algunas veces simplemente nos va a pedir que aceptemos que las personas no siempre son quienes imaginamos que son.
Y sí, eso duele, pero también libera. Porque quizás decepcionarnos no sea el problema. Quizás el problema sea todo lo que hacemos para no aceptar lo que la decepción vino a mostrarnos.
La autora es psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
