ꜱᴇ ɴᴏꜱ ǫᴜᴇᴅᴀ ʟᴀ ᴠᴏᴢ ᴇɴ ᴇʟ ʙᴏʟꜱɪʟʟᴏ: SABINA SIEMPRE
Sabina no se despide de los escenarios. Se muda a un territorio sin taquilla: ese donde nos descubrimos tarareando solos, pactando treguas con nuestros propios fantasmas…
Juan José Mesa

Fui testigo de esa noche en el BEC. Diez mil almas de pie, y un Sabina que no venía a cantar: venía a cerrar un círculo, a dejarnos la herencia intacta del poeta que aprendió a perder sin resignarse nunca. Dijo adiós como quien no se va del todo, como quien sabe que la memoria es una patria portátil y cruelmente fiel. «Hola y adiós», la llamó. Y en ese título estaba todo el presagio: saludo, herida, abrazo y despedida.
Hubo un instante -ese que solo existe cuando se entiende que algo no se repetirá- en que la voz se volvió puente y no canción. Las palabras, luces pequeñas: “casi apolilladas, casi olvidadas”, dijo. Y sin embargo ardían nuevas, porque la verdad de una canción no depende del tiempo, sino de la grieta desde donde se escucha.
Sabina no se despide de los escenarios. Se muda a un territorio sin taquilla: ese donde nos descubrimos tarareando solos, pactando treguas con nuestros propios fantasmas, brindando por lo que se fue, pero nunca terminó de irse. Lo suyo no es adiós; es una cesión de ruegos, un relevo de cicatrices, un contrato sentimental a perpetuidad.
Yo lo vi bajarse del escenario sin bajarse de la vida. Y entendí que hay despedidas que no cierran puertas: encogen el mundo para que lo guardemos en el bolsillo. Porque algunas voces no se retiran. Se nos quedan, a la altura exacta del recuerdo, donde todavía se puede salvar lo que dolió, cantándolo.
Foto: El cantante Joaquín Sabina. /EP
