Raquel Peña confirma participación de RD en la Cumbre Iberoamericana Madrid 2026
Después de la condena, hay cárceles que no terminan de abrirse
Algunas puertas se abren con llaves; otras, quizás, nunca terminan de abrirse.
Por Rosely Rojas, M.Sc.
Hace muchos años, mientras estudiaba psicología, me tocó analizar la película The Shawshank Redemption. Recuerdo que una de las cosas que más me impactó no fue únicamente la prisión física, sino lo que sucedía cuando un ser humano pasaba tantos años encerrado que la libertad también terminaba convirtiéndose en un lugar desconocido. Había algo muy doloroso en observar cómo, después de décadas privado de libertad, el mundo exterior podía generar más ansiedad que esperanza. Cómo algunos expresidiarios incluso deseaban regresar al único lugar que ya sabían habitar. En aquel momento, para analizar esa experiencia psicológica, conecté mucho con el pensamiento de Erich Fromm y su idea del miedo a la libertad, así como con Viktor Frankl y su reflexión sobre la necesidad humana de encontrar sentido incluso dentro del sufrimiento.
Hoy, ya muchos años después, mientras escuchaba en los noticieros hablar nuevamente sobre Mario José Redondo Llenas, y conversando con unas amigas, esas teorías volvieron inesperadamente a mi mente. Y fue extraño, porque automáticamente uno conecta con el horror del caso de José Rafael Llenas Aybar. Es imposible no hacerlo. Escuchar la historia sigue estremeciendo como si hubiese ocurrido ayer. La memoria colectiva no parece haber olvidado aquel dolor.
Pero, al mismo tiempo, apareció otra pregunta, más incómoda y difícil de mirar socialmente: ¿cómo se vive la libertad después de pasar 30 años privado de ella? Treinta años no representan solamente tiempo; representan una vida completa adaptada al encierro, rutinas, vínculos, formas de sobrevivir emocionalmente y una identidad moldeada dentro de un sistema cerrado. Verdaderamente comprendí nuevamente algo que aquella película intentaba mostrar, y es que no toda libertad se siente libre.
El sociólogo y criminólogo Donald Clemmer desarrolló el concepto de “prisionización”, explicando cómo la cárcel deja de ser únicamente un lugar físico y termina convirtiéndose en un ecosistema psicológico. Después de décadas, muchas personas privadas de libertad ya no saben cómo habitar el mundo exterior. Su vida emocional, social y mental fue construida dentro de otros códigos.

Desde fuera puede parecer absurdo, seamos honestos: ¿quién no quisiera salir? Pero psicológicamente la libertad también confronta con realidades importantes en muchos aspectos. Obliga a reconstruirse, a enfrentarse al vacío, a la incertidumbre y a una sociedad que probablemente nunca volverá a mirarte separado de tu peor acto, porque humanamente esto es muy difícil. Y aquí es donde este tema se vuelve un tanto más complejo, porque reflexionar sobre esto no significa justificar el crimen ni disminuir el dolor irreparable de una familia y de un país entero.
Significa reconocer que el ser humano, el castigo, la culpa, el arrepentimiento y la reinserción son experiencias mucho más difíciles de comprender de lo que a veces imaginamos. Quizás una de las preguntas más incómodas sea esta: ¿qué ocurre cuando alguien cumple su condena legal, pero emocionalmente continúa preso en la memoria colectiva? Hay cárceles hechas de concreto, y otras hechas de memoria. Algunas puertas se abren con llaves; otras, quizás, nunca terminan de abrirse.
La autora es psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
