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EDITORIAL El consenso del silencio: Diez verdades que nadie firmó, pero casi todos cumplimos
En República Dominicana, más de tres mil mujeres han sido asesinadas en las últimas dos décadas, entre ellas más de 1,800 por feminicidios. No las matan solo los hombres: las mata la indiferencia.
Las instituciones actúan, pero no lo suficiente ni oportunamente. Las promesas avanzan más rápido que los resultados.
Medios y ciudadanía pueden elegir dejar de contar y mirar el drama como rutina, y convertirlo en causa común.
Hace poco, una investigación de Aplatanao News, publicada junto a El Demócrata y El Nuevo Diario, puso cifras al horror: más de 3,400 mujeres asesinadas en 20 años.
Pero los números no bastan. Lo que mata no es solo la violencia física, sino el consenso invisible que la sostiene.
Un país entero ha pactado —sin decirlo— vivir con la idea de que algunas muertes son inevitables.
A eso le llamamos orden, pero es miedo.
A eso le decimos progreso, pero es indiferencia.
Este es el consenso del silencio.
Diez verdades que nadie firmó, pero casi todos cumplimos.
- Callar mientras no sea tu hija.
Nos indigna lo que ocurre lejos, pero lo aceptamos cerca.
La empatía nacional parece tener límites de sangre y distancia.
El silencio empieza donde termina el parentesco.
- Normalizar la violencia bajo el disfraz del amor.
Se enseña a las mujeres a soportar, a perdonar, a quedarse.
Ese mandato social, repetido como virtud, es el preludio de demasiadas tumbas.
- Creer que la justicia llega tarde, pero llega.
La verdad es otra: la justicia generalmente se asoma cuando hay cadáveres.
Y aun entonces, lo hace con cautela, mirando más la forma que la herida.
- Aplaudir la indignación pasajera.
Cada crimen despierta una ola de furia digital que dura menos que un titular.
Convertimos la tragedia en contenido.
Y luego, seguimos desplazándonos por la pantalla como si nada.
- Perdonar al Estado porque “hace lo que puede”.
El Estado no puede cansarse antes que las víctimas.
Pero lo hace, y nosotros lo disculpamos porque tememos exigir más de lo que creemos posible.
Así se perpetúa la impunidad: por agotamiento ciudadano.
- Recordar el hecho, pero olvidar el nombre.
Nos sabemos las cifras, pero no los rostros.
Cada mujer muerta se convierte en número; su historia desaparece en la estadística.
Y sin memoria, no hay justicia posible.
- Celebrar leyes sin voluntad.
Nos gusta inaugurar promesas.
Pero las leyes sin presupuesto, sin seguimiento, sin alma, son papel sobre sangre.
- Llamar “caso aislado” a lo que es un patrón.
Esa es la fórmula perfecta para no sentir culpa.
Si todo es un accidente, nadie debe responder por el sistema que los provoca.
- Temer al escándalo más que a la injusticia.
Se calla para no dañar reputaciones, para no “meterse en problemas”.
Pero el silencio también es violencia: mata lento, mata siempre.
- Volver a dormir en paz.
Cada vez que el país duerme después de una tragedia, sin exigir nada, el ciclo se renueva.
Tragedia, indignación, olvido.
La impunidad descansa tranquila porque sabe que al amanecer todo sigue igual.
Romper este consenso no es tarea exclusiva del Estado ni de los tribunales.
Es una responsabilidad compartida: periodistas, jueces, funcionarios, ciudadanos, familias, comunidad.
Porque nadie está fuera del problema.
El silencio es colectivo, pero también puede serlo el despertar.
Nombrar el consenso del silencio es apenas el primer paso.
Lo siguiente —lo que realmente cambia algo— es romperlo.
El silencio que nos rodea, nos acomoda y nos vuelve cómplices.
* Este texto forma parte de la línea editorial “Aplatanao con las Mujeres”, un esfuerzo por visibilizar y romper el silencio que sostiene la violencia estructural en la República Dominicana y el mundo.
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