Estados Unidos celebra sus 250 años entre festejos masivos, calor extremo y
EDITORIAL: Unidos en el mismo dolor
Una noche que prometía alegría y merengue se convirtió en pesadilla. El desplome del techo de la emblemática discoteca Jet Set, en pleno espectáculo de Rubby Pérez y su orquesta, ha dejado al país en luto, atónito, con el corazón partido entre el asombro y la tristeza.
No fue solo una estructura que colapsó. Bajo los escombros quedaron vidas de distintos estratos sociales: desde figuras del arte y la cultura hasta jóvenes asistentes, empresarios, deportistas y trabajadores. Entre los fallecidos se cuentan personas como el ex grandes ligas Octavio Dotel, ejecutivos y colaboradores del Grupo Popular, cuyos nombres hoy resuenan con dolor en cada rincón del país. Fue una tragedia que alcanzó a todos los sectores sin distinción.
Familias enteras se volcaron a las afueras de hospitales, clínicas, estaciones de bomberos, buscando respuestas. Ha sido un drama colectivo. Un grito nacional. Una desesperación que rompió la normalidad. Porque lo que debía ser un lunes cualquiera, se convirtió en uno de los días más oscuros que recordamos.
Lo más impactante ha sido esa sensación de pausa nacional, como si el país entero hubiera bajado el ritmo. Los programas de televisión cambiaron su tono. Las redes sociales, generalmente saturadas de chismes y risas, se inundaron de oraciones y nombres. Fue un “down” emocional profundo, compartido. Un vacío.
En medio de la tragedia, el presidente Luis Abinader reaccionó con rapidez y sensibilidad: se apersonó al lugar, ordenó una investigación, declaró duelo oficial y activó los mecanismos de apoyo a las víctimas y sus familias. Su gesto, más allá de lo protocolar, fue necesario en un momento donde la nación requería una figura firme, pero empática.
El mundo no ha sido ajeno al dolor dominicano. Gobiernos hermanos y organizaciones internacionales han enviado mensajes de solidaridad. Incluso el Papa Francisco, en un gesto profundamente humano, envió palabras de consuelo a los afectados. Porque lo vivido en Jet Set no fue solo un accidente: fue una herida en el alma nacional.
Hoy nos toca llorar. Acompañar. Y también exigir respuestas claras.
Mención especial merecen las brigadas de rescate y voluntarios, tanto nacionales como extranjeros, que vencieron el cansancio y se colocaron a la altura del drama y el dolor.
Este no es un editorial más. Es un clamor. Por respeto. Por prevención. Por país.
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