El perdón como proceso
«No podemos controlar las acciones ajenas, pero sí lo que permitimos que eche raíces en nuestro corazón».
Por Rosely Rojas, M.Sc.
¿Te ha pasado alguna vez que estás en un momento de reflexión o en un café de la ciudad, con el rumor del tráfico de fondo, dando vueltas a algo que alguien te hizo o que hiciste? Te sirves una taza de café, y en tu cabeza suena la misma frase una y otra vez: “Hasta que reconozca lo que me hizo y me pida una disculpa sincera, no puedo pasar página”.
Seamos honestos, nos encanta la idea de la justicia humana. El ego exige saldar cuentas, quiere ver al otro pagando la factura emocional del daño causado. Sin embargo, nos encontramos con ese mandato inevitable de perdonar hasta «setenta veces siete». Más que un número matemático, es un ritmo de vida. Significa que el perdón es un ejercicio continuo, una actitud con la que debemos transitar el día a día. Pero, ¿cómo se traduce eso a la vida real cuando las heridas aún duelen?
Desde la perspectiva terapéutica, la neurociencia y la psicología cognitiva respaldan lo que la Palabra nos enseña: el perdón no beneficia primordialmente a quien cometió la falta, sino que nos libera a nosotros, lo sé, no es fácil. Aferrarse al rencor mantiene activo el eje del estrés, inundando el cuerpo de cortisol y tensión prolongada. Guardar amargura es, literalmente, tomarse un veneno esperando que otro pierda la vida. Cuando decides perdonar, no estás justificando la falta, imposible, estás soltando la cadena que te ataba a ese dolor.
A veces caemos en el error de pensar que el perdón es un sentimiento instantáneo o que exige una reconciliación automática. Esperamos una emoción mágica que nos despoje de la herida de la noche a la mañana. Sin embargo, el perdón es un proceso consciente que se desarrolla en tres etapas fundamentales:
Primero, es una decisión de la voluntad, no un sentimiento. Comienza cuando eliges liberar al otro del castigo que crees que merece, incluso si por dentro todavía sientes el impacto de lo ocurrido. Es decidir soltar la deuda emocional sin condicionar tu paz a que la otra persona se arrepienta o cambie.
Segundo, se demuestra a través de acciones continuas y concretas. El perdón se pone a prueba en lo cotidiano: cuando evitas participar en conversaciones que desacrediten a esa persona, cuando renuncias activamente a la venganza y cuando eliges obrar con bien, aunque tengas la oportunidad de pagar con la misma moneda. Es la práctica diaria de no volver a alimentar el resentimiento.
Tercero, requiere entender que perdonar no es permitir que te sigan dañando. La gracia no equivale al masoquismo. La Biblia nos llama a la paz y a la prudencia, por ende, es perfectamente sano y necesario establecer límites claros. Puedes perdonar de corazón y, al mismo tiempo, guardarte de no permanecer en un entorno donde se perpetúe el maltrato.
Con el tiempo y la constancia en esa decisión, la parte emocional termina alineándose con la voluntad. Llega ese momento de gracia en el que eres capaz de mirar a quien te hirió con una perspectiva totalmente distinta, entendiendo su fragilidad. Y es ahí cuando recordamos una verdad fundamental, necesitamos perdonar constantemente, pero también somos seres imperfectos que dependemos a diario del perdón. Siempre pienso que si no sabes perdonar, tienes que convertirte en alguien perfecto para no necesitar tu ser perdonado, imposible verdad.
No podemos controlar las acciones ajenas, pero sí lo que permitimos que eche raíces en nuestro corazón. Perdonar no borra lo que pasó, pero sí le quita al rencor el poder de gobernar tu presente.
La autora es Psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
