Hay cosas que solo encajan cuando la base está lista
Por Rosely Rojas, M.Sc.
Esta semana me atrapó un pasatiempo que no esperaba que me enseñara tanto sobre la vida cotidiana: me obsesioné por completo con armar un rompecabezas. Es una actividad que me relaja, me desconecta del bullicio habitual y me resulta sumamente interesante. Sin embargo, en medio de esa tranquilidad, mientras observaba la mesa repleta de pequeñas piezas dispersas, con distintas formas y matices, me vino a la mente una reflexión de esas que te frenan en seco y te hacen decir en voz alta: «Wow, esto no es simplemente un pasatiempo; esto es un reflejo exacto de la vida misma».
Estaba observando detenidamente la mesa, intentando ubicar una pieza en particular. Tenía la certeza de cuál era, la observaba en mis manos y sabía que pertenecía a esa sección, pero no había forma lógica de colocarla en ese instante. No era porque la pieza tuviera algún defecto ni porque yo estuviera cometiendo un error de apreciación, sino por una verdad física tan simple que, a veces, obviamos por completo: hasta que un pequeño grupo de piezas de al lado no esté completamente armado y conectado, esa pieza no tiene un lugar donde sostenerse.
Literalmente, la pieza que tanto buscaba acomodar necesitaba que las piezas “madre”, es decir, la base y la estructura circundante, estuvieran firmes y formadas para que todo el diseño empezara a cobrar un sentido real.
Me quedé mirando fijamente la mesa de trabajo y no pude evitar pensar en lo mucho que nos cuesta procesar este mismo principio en nuestras dinámicas diarias. Con mucha frecuencia, en la vida nos obsesionamos con la idea de que determinados acontecimientos deben suceder de inmediato. Queremos que un proyecto se concrete, que se resuelva una situación compleja, que aparezca una respuesta esperada o que los planes resulten exactamente como los trazamos en nuestra mente. Cuando eso no ocurre a la velocidad que deseamos, nos invaden la frustración, la prisa o la ansiedad, asumiendo erróneamente que algo marcha mal. Rara vez nos detenemos a evaluar, de forma objetiva, si el entorno, o nosotros mismos, poseemos la estructura previa necesaria para sostener aquello que deseamos.
Desde una perspectiva psicológica y conductual, esto se asemeja bastante a cuando nos enfocamos de manera rígida en el resultado final sin revisar los procesos intermedios. Deseamos metas de orden superior, estabilidad o madurez sin haber construido primero los cimientos esenciales: la autorregulación, los hábitos sólidos y el fortalecimiento del carácter. Intentar que una situación madura encaje en un entorno que todavía es caótico resulta inviable, porque faltan puntos de referencia y contexto.
Al filtrar esta misma observación a través de la fe, el principio de orden es idéntico. A menudo le exigimos a Dios que apresure los tiempos conforme a nuestra prisa terrenal (Chronos), olvidando que Él opera en su tiempo perfecto (Kairos) y mediante una secuencia bien definida. En el relato de la Creación, en el Génesis, Dios no creó al ser humano el primer día; primero estableció la luz, los mares, la tierra y la vegetación. Tuvo que construir la base adecuada para sostener la vida.
Existen situaciones que no encajan en nuestro presente no por falta de propósito, sino porque primero es necesario organizar ciertas áreas fundamentales para que, cuando lleguen, embonen con precisión. Como señala Eclesiastés 3:11, Dios “todo lo hizo hermoso en su tiempo”, lo que, en su sentido original, describe un diseño ensamblado con exactitud y en el momento oportuno. A veces las piezas no están mal; solo esperan a que termines de armar la base.
La autora es Psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
