Cárcel por difamación: el nuevo Código Penal reabre el debate sobre libertad
La doble fachada del agresor
Yanira Fondeur
Promoviendo la paz
Berkis María Lantigua Padilla, de 57 años, orientadora escolar jubilada, aceptó reencontrarse con su expareja el pasado 12 de junio. Horas después fue asesinada por él, quien posteriormente se suicidó. Mientras la tragedia conmocionaba a la provincia María Trinidad Sánchez, comenzaban a surgir testimonios que describían al agresor como un hombre respetuoso, trabajador y aparentemente incapaz de ejercer violencia.
El feminicidio, que no deja de consternar a la sociedad dominicana, ha generado múltiples reacciones. Mientras algunas personas afirman “esto se salió de control”, otras salen en defensa del agresor argumentando “Ese caballero era callado, respetuoso, temeroso de las cosas de Dios, tranquilo. No creo que pudiera ser capaz de algo así”.
Estas percepciones provienen de vecinos que sólo conocieron una parte de quien ejercía la violencia. La realidad suele ser mucho más compleja. Muchos agresores desarrollan una doble fachada: dentro del hogar ejercen control, humillación e intimidación y fuera de él se muestran amables, colaboradores, solidarios y respetuosos. De esta manera, la violencia puede permanecer oculta durante años.
Por ello por lo que no resulta extraño que vecinos y conocidos se sorprendan ante las tragedias. Lo preocupante es cuando esas apreciaciones se convierten en la principal explicación de los hechos, dejando al lado el análisis de los factores de riesgo, las señales de alerta y las dinámicas de control que suelen preceder a los feminicidios. Una de ellas el aislamiento progresivo de la víctima de sus familiares y amistades.
De ahí la importancia del rol de los medios de comunicación. Dentro de su responsabilidad social de informar, no deberían limitarse a recoger testimonios sobre la aparente bondad del agresor, sino también contribuir a explicar cómo operan las conductas de control y cuál es el valor de la detección temprana del riesgo.
La apariencia pública de una persona no siempre revela su comportamiento dentro de la relación de pareja. Un hombre puede ser cordial con sus vecinos y ejercer violencia con su parejas e hijos. Precisamente esa contradicción es una de las razones por las que la violencia puede pasar inadvertida por quienes observan de fuera.
Es responsabilidad del Estado, de las instituciones y de toda la sociedad proteger vidas. Para lograrlo, necesitamos reflexionar cómo los entornos más cercanos no siempre logran identificar a tiempo el sufrimiento de las víctimas ni las señales que anuncian un desenlace fatal.
Debemos mirar más allá de las apariencias porque las fachadas suelen engañar, mientras las señales de violencia no. Las sobrevivientes merecen ser escuchadas, comprendidas y apoyadas. Reconocer el riesgo y actuar a tiempo seguirá siendo nuestra mejor oportunidad para proteger vidas y evitar nuevas tragedias.
La autora es la presidenta de la Fundación Vida Sin Violencia
@Yanira_Fondeur
