¿Y si tu agenda llena es solo un vacío emocional?
¿Trabajamos para construir una vida o para evitar enfrentarnos a nosotros mismos? Una mirada psicológica a la obsesión moderna por el rendimiento y la productividad.
Por Rosely Rojas M.Sc.
Caminando por las calles de nuestra prisa cotidiana, no puedo evitar notar que el saludo más común ya no es un deseo de bienestar, sino una declaración de guerra contra el tiempo: “Estoy a mil”, “No doy abasto”, “Llenísimo de trabajo”. Lo decimos con un suspiro que, si somos honestos, esconde una sonrisa de autosuficiencia.
En la sociedad del rendimiento, el estrés se ha convertido en nuestro trofeo más preciado y la sobreproductividad en el nuevo sinónimo de valor personal. Pero, como psicoterapeuta, me pregunto: ¿en qué momento permitimos que nuestra valía dependiera exclusivamente de nuestra capacidad para agotarnos?
Detrás de esta adicción a estar ocupados no hay una simple búsqueda de éxito profesional. A nivel clínico, debajo de esa armadura de eficiencia e hiperfuncionalidad suele esconderse una creencia central mucho más vulnerable: el miedo a no ser suficiente o, peor aún, el miedo a no ser amado. Activamos el supuesto inconsciente de que, si hacemos más, si somos indispensables, capaces y estamos perpetuamente saturados, entonces seremos valiosos y dignos de reconocimiento. El problema es que el ego es un pozo sin fondo; nunca se produce lo suficiente como para llenar un vacío emocional.
Cuando la mente se niega a detenerse y a procesar esta ansiedad subyacente, el cuerpo asume el control. Es aquí donde el fenómeno de la somatización entra en juego, y es vital aclarar un error conceptual frecuente: que un trastorno sea de origen emocional no significa que la enfermedad sea un invento o una mentira. El sistema nervioso central y el sistema nervioso autónomo están estrechamente interconectados.
Cuando el sistema simpático se mantiene en un estado de alerta constante debido al estrés crónico, el cuerpo se enferma de verdad. Las migrañas, las crisis gastrointestinales y el dolor crónico son respuestas fisiológicas reales a emociones no reguladas. La emoción no grita en abstracto; se expresa a través de la biología.
El verdadero desafío radica en que este patrón de personalidad es uno de los más difíciles de identificar en consulta. Al tratarse de conductas socialmente reforzadas -después de todo, el entorno aplaude al adicto al trabajo y lo etiqueta como “exitoso”-, la persona llega a terapia enmascarando sus síntomas detrás de una fachada de aparente control. Se requiere un ojo clínico agudo y herramientas terapéuticas precisas para desmontar estas defensas, ayudar al paciente a desarrollar conciencia del problema y enseñarle que el descanso no es un premio que se gana, sino una necesidad biológica y psicológica.
Quizás el primer paso sea empezar a cuestionar nuestros propios altares. La próxima vez que sientas orgullo por tener una agenda donde no cabe un respiro, detente un segundo. ¿Estás construyendo una vida o simplemente estás huyendo de ti mismo? Al final del día, el éxito que te cuesta la salud y la paz mental tiene un precio demasiado alto.
Me pregunto si llegará el día en que estar en calma sea el verdadero estatus que todos queramos alcanzar.
La autora es psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
