Autoestima en el autismo
Cuando le permites a un chico con autismo resolver un problema por sus propios medios, no solo le estás enseñando una habilidad práctica; le estás entregando la prueba irrefutable de su propia competencia.
Por Rosely Rojas, M.Sc.
Siempre nos han vendido la autoestima como una especie de perfume invisible: algo que se aplica por la mañana con tres afirmaciones frente al espejo y que, naturalmente, repele las inseguridades del día. Nos enseñaron a repetir «eres capaz», «eres único», «eres especial» como si el lenguaje por sí solo tuviera el poder de moldear la percepción que un niño tiene de sí mismo. Pero cuando entramos en el terreno del autismo, ese discurso edulcorado no solo se queda corto, sino que resulta profundamente improductivo.
Me pregunto si hemos confundido la autovaloración con la aprobación externa. Nos pasamos la vida intentando blindar la autoestima de los chicos dentro del espectro con palabras bonitas, mientras, sin darnos cuenta, les quitamos el suelo que realmente sostiene esa estructura: la autoeficacia.
La autoestima no se construye con aplausos, se construye con hechos. No nace de que alguien te diga que puedes hacer algo, sino de la certeza empírica y vivida de que lo has hecho. Es la diferencia entre saber que te quieren y saber que eres útil. La autoeficacia es esa voz interna, fruto de la experiencia directa, que dice: puedo resolver esto, puedo influir en mi entorno, puedo valerme por mí mismo. Sin autoeficacia, la autoestima no es más que un castillo de naipes flotando en el aire.
Aquí es donde el rol de los padres deja de ser el de un escudo protector para convertirse en el de un facilitador de autonomía. Y admitámoslo: dar autonomía da pavor. Es infinitamente más rápido abrochar los botones, preparar el plato, responder por ellos cuando alguien les pregunta la hora o resolver cada pequeño colapso antes de que ocurra. Sobreproteger es seguro en el corto plazo porque calma la ansiedad de los adultos, pero es devastador a largo plazo porque le transmite al niño un mensaje implícito: que no se cree que pueda solo.
Para un chico dentro del espectro autista, la autonomía no se ve siempre como la independencia absoluta que la sociedad prescribe. Se ve como la oportunidad de tomar decisiones reales, por pequeñas que parezcan. Elegir su ropa, aprender a preparar un desayuno sencillo, gestionar sus espacios de autorregulación o asumir responsabilidades dentro del hogar adaptadas a sus procesamientos. Significa permitirles experimentar la frustración del error y, sobre todo, el triunfo del logro propio.
Cuando le permites a un chico con autismo resolver un problema por sus propios medios, no solo le estás enseñando una habilidad práctica; le estás entregando la prueba irrefutable de su propia competencia. Le estás dando el material sólido con el que se edifica la confianza verdadera. La autoeficacia es el motor; la autoestima es solo el resultado.
Tal vez va siendo hora de revisar qué estamos protegiendo exactamente: ¿a nuestros hijos o a nuestra propia necesidad de sentirnos indispensables? Garantizar la autonomía dentro de las posibilidades reales de cada chico no es abandonarlos a su suerte; es ofrecerles el marco para que descubran de qué están hechos. Al final del día, el regalo más grande que un padre puede darle a un hijo con autismo no es decirle lo mucho que vale, sino permitirle comprobarlo por sí mismo.
La autora es Psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
