¿En qué momento empezamos a ver diagnósticos antes que personas?
¿En qué momento empezamos a ver diagnósticos antes que personas?
Por Rosely Rojas
Hay temas que una sabe que, apenas los toca, van a incomodar a alguien. Y, honestamente, está bien. No siempre estamos llamados a agradar a todo el mundo ni a suavizar nuestras convicciones para hacerlas más cómodas de escuchar.
Hace unos días vi en redes sociales a unos influencers compartiendo su embarazo. Todo era felicidad, emoción, decoración del cuarto, revelaciones y videos tiernos. Hasta que anunciaron que su bebé venía con síndrome de Down. Poco después compartieron que habían decidido interrumpir el embarazo.
Y sí, admito que me chocó profundamente. No solamente por el aborto, porque personalmente no estoy de acuerdo con él, sino por lo que hay detrás de esa decisión cuando el motivo es una discapacidad. Porque, inevitablemente, el mensaje que termina transmitiéndose es: “Si no vienes perfecto, entonces quizás no mereces vivir”. Y eso duele.
Hoy existe una narrativa que intenta presentar el aborto como algo emocionalmente simple, limpio y sin consecuencias psicológicas. Y la realidad es que, para muchas mujeres, no lo es.
Como psicóloga, me ha tocado escuchar historias que casi nunca aparecen en redes sociales ni en los discursos modernos sobre la “libertad”. Mujeres con culpa. Mujeres con duelo. Mujeres que, años después, todavía recuerdan la fecha en que hubiese nacido su bebé. Mujeres intentando convencerse de que están bien, mientras emocionalmente siguen cargando con esa decisión.
Claro que no todas las mujeres viven el aborto de la misma manera. Pero negar que puede dejar heridas emocionales profundas también es irresponsable.
Y, aun así, honestamente, el punto que más me confronta de toda esta conversación es otro: cómo seguimos viendo la discapacidad. Cómo todavía, en pleno 2026, hay vidas que parecen considerarse menos valiosas dependiendo del diagnóstico que traigan.
Y sí, sé perfectamente que criar a un hijo con una discapacidad no es fácil. Lo sé porque trabajo con familias reales, no con frases románticas de Instagram. He visto agotamiento, miedo, estrés económico, matrimonios afectados y padres preocupados por el futuro de sus hijos. Jamás romantizaría esa realidad.
Pero también he trabajado con niños, adolescentes y adultos con síndrome de Down, autismo y otras condiciones. Y detrás de cada diagnóstico siempre encuentro lo mismo: una persona. Personas que sienten, aman, ríen, conectan y tienen una dignidad humana exactamente igual a la tuya y a la mía.
Y, honestamente, creo que como sociedad estamos peligrosamente obsesionados con la perfección. Con lo funcional. Con lo cómodo. Con lo que “sale bien”. Como si el valor de una vida dependiera de cuán típica, eficiente o perfecta pueda ser.
Pero entonces, ¿qué pasa con cualquier ser humano que no encaje en ese estándar? Porque la discapacidad no le quita humanidad a nadie.
Y quizás ahí está una de las cosas más difíciles de aceptar en todo esto: muchas veces, el verdadero problema no es la condición en sí, sino la incapacidad del mundo para incluir, acompañar y amar aquello que no luce “perfecto”.
Yo sé que este tema incomoda. Sé que habrá quienes no estarán de acuerdo conmigo. Pero, sinceramente, creo que necesitamos volver a hacernos preguntas incómodas como sociedad.
¿En qué momento empezamos a ver diagnósticos antes que personas?
¿Y en qué momento la perfección comenzó a valer más que la vida?
La autora es psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo-conductual.
