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La victimización tiene un precio: ¿buscamos compasión o validación para no cambiar?
Por Rosely Rojas, M.Sc.
Me he dado cuenta de que confundimos los términos con una facilidad asombrosa. Vivimos en la era de la empatía, o al menos eso nos gusta presumir en los espacios públicos. Sin embargo, en la práctica, a veces desvirtuamos el concepto. Sentir lástima o pena por alguien no es empatizar; es, de hecho, una sutil forma de condescendencia que termina anulando la capacidad de respuesta del otro.
La queja constante se ha convertido en una especie de moneda de cambio emocional. Pareciera que, mientras más sufrimos, más merecedores nos volvemos de la atención ajena. Pero seamos realistas: vivir quejándote no te hace más necesitado de ayuda; solo te hace más ruidoso.
Por supuesto, nadie tiene derecho a invalidar el dolor ajeno; el sufrimiento es real. Pero aquí es donde la ciencia de la conducta y la verdad bíblica convergen para ponernos un espejo frente al rostro.
Cuando los modelos psicoterapéuticos basados en la evidencia hablan de validación emocional, no se refieren a cohonestar la pasividad. Validar es reconocer el peso de la realidad del otro para que, sintiéndose seguro y comprendido, pueda actuar. La validación es el puente hacia la responsabilidad, no una licencia para quedarse sentado en el lodo.
El mandato bíblico de Gálatas 6:5 es claro: “Porque cada uno llevará su propia carga.” Apoyar al otro no significa cargar la mochila que le corresponde asumir para poder madurar.
La victimización es, la mayoría de las veces, un estilo de afrontamiento aprendido e inconsciente. Y hay que admitir que funciona en el corto plazo: consigue atención inmediata, exime de la responsabilidad por el fracaso y genera un escudo protector frente al esfuerzo que implica cambiar.
El problema aparece cuando este esquema mental se encuentra con personas dispuestas a ayudar. Es ahí donde surge el autosabotaje: “Nadie me entiende”, “Yo quiero ayuda, pero nadie lo hace bien”.
Si pides apoyo, pero exiges recibirlo exactamente bajo tus propios términos, esperando que los demás lean tu mente o descalificando cualquier esfuerzo que no siga tu manual, el verdadero objetivo deja de ser salir del hoyo. El objetivo pasa a ser demostrar que tenías razón: que estás solo y que nadie puede salvarte.
Desde el enfoque de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), sabemos que aferrarse a la identidad de víctima puede mantener estable la zona de confort cognitiva, pero representa un boicot para construir una vida orientada a valores. Prefieres tener la razón antes que ser libre. Es el equivalente psicológico y espiritual a la parálisis voluntaria: necesitas moverte, pero te acomoda la compasión que genera tu inmovilidad.
¿Cómo rompemos entonces este círculo vicioso sin perder la seguridad durante el proceso? El cambio comienza con la honestidad de hacernos una pregunta incómoda: ¿Qué estoy ganando al quedarme en la queja?
Si la respuesta es recibir atención o evitar el esfuerzo, ha llegado el momento de madurar la forma en que nos relacionamos con los demás. Necesitamos aprender a pedir ayuda con claridad y asertividad, abandonar la expectativa de que otros adivinen nuestras necesidades y aceptar que el método del otro puede ser distinto al nuestro. Si el resultado es el mismo, el ego debe ceder.
Al final, la psicología conductual demuestra que el dolor no desaparecerá mágicamente antes de que empieces a caminar; el proceso ocurre al revés. Primero te mueves con valentía hacia aquello que valoras: tu fe, tu salud y tus relaciones. Luego, la mente comienza a reorganizarse.
Levántate, asume tu responsabilidad y camina. La compasión ajena puede ser un bálsamo temporal, pero la responsabilidad personal es la que verdaderamente transforma la vida.
La autora es psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
