Vozinha, Cabo Verde y la noche en que la Argentina de Messi tuvo que sufrir para seguir viva

Criado por sus abuelos y convertido en héroe nacional, el arquero Vozinha, apodo que significa “abuelita” en portugués, simboliza el espíritu de Cabo Verde, un archipiélago de África de unos 600,000 habitantes que obtuvo su independencia de Portugal en 1975 y cuya diáspora supera a la población que reside en las islas.
Fernando Quiroz
Cabo Verde no ganó el partido, pero conquistó algo más difícil: el respeto del mundo. Durante 120 minutos, un pequeño país insular del Atlántico obligó a Argentina, campeona del mundo y liderada por Lionel Messi, a mirar de frente el vértigo de la eliminación. El marcador final, 3-2 a favor de la Albiceleste, dirá que avanzó el favorito. Pero la historia profunda de esa noche pertenece también a un arquero de 40 años llamado Vozinha, a una madre que casi no pudo verlo jugar, a unos abuelos que lo criaron y a una nación de poco más de medio millón de habitantes que jugó como si llevara en la camiseta a todos sus hijos dispersos por el mundo.
Cabo Verde llegó al Mundial 2026 como debutante. Para muchos, era una curiosidad estadística: un país pequeño, de diez islas, ubicado frente a la costa occidental africana, con más historia de migración que de grandes gestas futbolísticas. Pero para su gente, aquella selección no representaba una casualidad. Era la expresión de una identidad forjada entre el mar, la distancia y la resistencia. Cabo Verde se independizó de Portugal el 5 de julio de 1975. Casi medio siglo después, en la víspera de una nueva conmemoración nacional, su equipo empujó al campeón del mundo hasta la prórroga.
Argentina terminó imponiéndose 3-2 y avanzó a los octavos de final, donde enfrentará a Egipto. Cabo Verde, pese a la derrota, se despidió del Mundial con una actuación que superó cualquier expectativa: obligó al campeón del mundo a sufrir hasta el final y convirtió su eliminación en una de las historias humanas más poderosas del torneo.
La figura que mejor resume esa epopeya es Vozinha. Su nombre real es Josimar José Évora Dias, pero el fútbol lo conoce por un apodo que encierra su historia familiar. “Vozinha” remite a la abuela, a la crianza, al hogar que lo sostuvo cuando la vida no era sencilla. Fue criado por sus abuelos, quienes no llegaron a verlo cumplir el sueño mayor: defender a Cabo Verde en una Copa del Mundo. En cada atajada parecía haber algo más que reflejos. Había memoria.

Visa para un sueño
La historia familiar de Vozinha tuvo otro giro emotivo durante el Mundial. Su madre, Ana Cándida Évora, estuvo cerca de perderse la posibilidad de verlo jugar por dificultades para obtener la visa estadounidense y por limitaciones económicas. El caso se hizo público, generó solidaridad alrededor de la selección caboverdiana y finalmente las autoridades facilitaron el proceso para que pudiera viajar a Estados Unidos. Así, la madre del arquero llegó a las gradas para acompañar a su hijo en el momento más alto de su carrera, cerrando una historia marcada por sacrificios, distancia familiar y orgullo nacional.
Una de las singularidades de Cabo Verde: hay más caboverdianos fuera que dentro del archipiélago. La diáspora vive repartida entre Estados Unidos, Portugal, Francia, Países Bajos y otros destinos. Por eso, cada partido de la selección fue también un punto de reunión simbólico para una nación extendida por el mundo. Cabo Verde no solo jugaba por quienes estaban en las islas; jugaba también por quienes heredaron el idioma, la música, el acento, la nostalgia y la bandera desde lejos.

Argentina lo sintió. El equipo de Lionel Scaloni no encontró un trámite cómodo. Messi abrió el camino, pero Cabo Verde no se quebró. Al contrario: respondió, empató, volvió a competir y obligó al campeón a transitar el territorio donde el fútbol deja de ser jerarquía y pasa a ser carácter. Los caboverdianos no jugaron como invitados agradecidos, sino como un equipo convencido de que también tenía derecho a escribir historia.
Los medios internacionales hablaron del sufrimiento argentino. No era una exageración. Cabo Verde le empató dos veces a la Albiceleste, remató, corrió, bloqueó, resistió y convirtió el partido en una prueba emocional. Vozinha fue decisivo con atajadas que sostuvieron la ilusión hasta el final. Argentina, acostumbrada a convivir con la presión, debió sacar su oficio competitivo para evitar una eliminación que habría estremecido al Mundial.
Scaloni lo reconoció después. Dijo que ningún partido de eliminación directa es fácil y que muchos pensaban que sería un paseo, pero dentro del vestuario argentino sabían que no. También resumió la noche con una frase muy argentina: “Ser argentino es sufrir”. El técnico entendió lo que había ocurrido: Cabo Verde no había sido un obstáculo menor, sino un rival que exigió respeto, concentración y paciencia hasta el último minuto.

Messi, otra vez determinante, también quedó dentro de esa escena humana. Tras el partido, conversó con Vozinha. Para el arquero caboverdiano, escuchar palabras de reconocimiento del capitán argentino fue otra forma de victoria. En un Mundial donde los resultados suelen devorarlo todo, ese gesto recordó que el fútbol también vive de encuentros, de miradas y de respeto entre quienes compiten desde lugares muy distintos de la historia.
La derrota no apagó la dimensión de Cabo Verde. Al contrario, la amplificó. Porque hay caídas que no tienen el peso del fracaso. Hay derrotas que revelan la estatura de un pueblo. Cabo Verde se fue del partido sin boleto a octavos, pero dejó una imagen poderosa: la de un país pequeño que obligó al gigante a sufrir, la de un arquero veterano que defendió algo más grande que una portería y la de una selección debutante que convirtió su primera Copa del Mundo en una declaración de dignidad.
Argentina avanzó. Cabo Verde emocionó. Y Vozinha, el hijo de los abuelos, quedó como símbolo de una noche en la que el fútbol volvió a demostrar que no siempre gana quien más conmueve, pero sí queda en la memoria quien se atreve a resistir.
Cabo Verde
Cabo Verde es un archipiélago formado por diez islas de origen volcánico, ubicado en el océano Atlántico, a unos 600 kilómetros de la costa occidental de África. Sus vecinos continentales más cercanos son Senegal, Mauritania y Gambia, mientras Marruecos se encuentra más al norte del litoral africano. Con una población cercana a los 600,000 habitantes y una superficie de apenas 4,033 kilómetros cuadrados, es uno de los países más pequeños del continente africano.
Alcanzó su independencia de Portugal el 5 de julio de 1975, hace 51 años, tras varios años de lucha política liderada por el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC).
A diferencia de otras naciones africanas, Cabo Verde posee escasos recursos naturales y apenas una pequeña porción de su territorio es apta para la agricultura. Su economía se sostiene principalmente en el turismo, los servicios, la pesca y, sobre todo, en las remesas enviadas por los caboverdianos que viven en el extranjero. Esa estabilidad económica y política le ha permitido convertirse en uno de los países africanos con mejores indicadores de gobernanza, desarrollo humano y democracia.

Su selección nacional es, en buena medida, el reflejo de esa historia migratoria. Más de un millón de personas de origen caboverdiano residen fuera del país, principalmente en Estados Unidos, Portugal, Francia, Países Bajos y Luxemburgo, una cifra que supera ampliamente a la población que vive en el archipiélago.
Muchos de los futbolistas nacieron o se formaron en clubes europeos, pero eligieron representar a la tierra de sus padres o abuelos. Esa combinación de talento de la diáspora, estabilidad institucional y un proyecto deportivo sostenido permitió que Cabo Verde clasificara por primera vez a una Copa Mundial de la FIFA en 2026, escribiendo el capítulo más importante de su historia futbolística.
Fotos: Fuente externa
