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Buscar colegio cuando tu hijo no encaja en el molde
Hoy en día, ningún colegio te dirá abiertamente: «No aceptamos a su hijo aquí», aunque todavía ocurre. La discriminación moderna aprendió a usar buenos modales. El filtro es mucho más sutil e invisible. Basta con que un padre pronuncie palabras como «autismo» o «síndrome de Down» para que la respuesta institucional cambie de tono en segundos: «Lamentablemente, no tenemos la capacidad para responder a sus necesidades».
Rosely Rojas, M.Sc.
Agosto tiene un olor particular. Huele a cuadernos limpios, a zapatos sin estrenar y a una promesa silenciosa de orden. Para la mayoría de los padres, la rutina del regreso a clases se resume en una logística ajustada: comprar la lista de útiles, probar el uniforme del año pasado y confirmar la inscripción. El camino está marcado y las señales están claras.
Pero, mientras una parte de la ciudad corre entre librerías y plazas, existe otra conversación que sucede en voz baja, en silencio, en salas de espera y llamadas telefónicas que terminan en llantos y suspiros. Esa es la realidad de los padres de niños con alguna discapacidad o neurodivergencia. Para ellos, agosto no huele a entusiasmo; huele a incertidumbre.
Nos hemos acostumbrado a culpar al Estado o a los gobiernos de turno por todo lo que no funciona en la sociedad. Es la salida rápida, la más cómoda. Sin embargo, el obstáculo educativo no es solo un tema presupuestario ni de decretos oficiales; es un síntoma de un sistema social del que todos somos cómplices. La verdadera barrera no siempre es una escalera sin rampa; muchas veces es una puerta que se cierra amablemente en la cara, de golpe.
Hoy en día, ningún colegio te dirá abiertamente: «No aceptamos a su hijo aquí», aunque todavía ocurre. La discriminación moderna aprendió a usar buenos modales. El filtro es mucho más sutil e invisible. Basta con que un padre pronuncie palabras como «autismo» o «síndrome de Down» para que la respuesta institucional cambie de tono en segundos: «Lamentablemente, no tenemos la capacidad para responder a sus necesidades». No admiten que el sistema es excluyente; trasladan la incapacidad a la institución de forma abstracta, dejando a la familia sin opciones.
Y cuando finalmente ocurre el “milagro” y una escuela abre sus puertas, surge el segundo gran espejismo: la inclusión disfrazada de pena.
Lo siento, pero aceptar a un niño en un aula no es incluirlo; es solo matricularlo. La verdadera inclusión exige una reestructuración, una adaptación curricular real, no solo un acceso físico al recinto. Sin embargo, lo que vemos con frecuencia en el ámbito educativo es una condescendencia dañina. Bajo la premisa de «pobrecito, no se le puede exigir igual», el currículo se reduce a la nada. Se le hacen las tareas por él, se le aísla en una esquina con dibujos para colorear mientras los demás aprenden o se eliminan por completo los retos académicos.
Eso no es empatía; es abandono pedagógico. La lástima también es una forma de discriminación. Tratar a un niño con lástima invalida su potencial y lo condena a un rol pasivo en su propia vida. Creer que se le hace un favor al no exigirle es, en el fondo, asumir que no es capaz de evolucionar.
La inclusión educativa, tal como se vende en los discursos institucionales, sigue siendo una utopía convenientemente maquillada. Mientras sigamos confundiendo la integración real con la caridad escolar y la lástima con la pedagogía, el regreso a clases seguirá siendo un privilegio reservado para quienes encajan en el molde estándar o, por defecto, para quienes más se acerquen o puedan adaptarse a ese molde.
Quizás va siendo hora de dejar de vender la inclusión como un lema bonito de inicio de año o como una actividad en la agenda, y empezar a asumirla como lo que realmente es: un trabajo incómodo, técnico y riguroso que nos exige movernos a todos. A todos.
La autora es psicóloga clínica y de la salud, psicoterapeuta cognitivo conductual.
